Sole.—¡Dios mío, pero por qué dará tanta pena la alegría de otro! ¡Miá que es castigo! (Vase, atravesando el foro de izquierda a derecha, al tendedero, refunfuñando.)

Josefa.—¡La alegría de otro! ¿Y qué le ha importao la mía a esa golfa? (Se oyen voces y risas dentro.) Yo que había soñao con ser el ama, verla a ella feliz, rica, valiendo una cincuenta mil veces más... ¡Pues no! ¡Sí, reiros, reiros! ¿Veis estas lágrimas? Pos más amargas las tenéis que llorar. (Vase foro izquierda.)

ESCENA IV

Valentina, Encarna, Sinfo, señá Mauricia y tío Pelele de la segunda izquierda

Sinfo.—Bueno, esa camisa del canesú a ondas, esa paece que no l’han tocao manos.

Mauricia.—Pos ¿y el cubrecorsé rosa?

Valentina.—¿Os ha gustao?

Pelele.—Lo que yo digo es que debe dar lástima ponerse una ropa con tanto lazo pa tan poco público. (Ríen.)

Valentina.—Es mu requetebonito todo.

Encarna.—Como dirigido por ti.