Sole.—Pero si el señor Hilario no le ha hecho a usté en jamás ni mención de na.
Josefa.—Porque se entremetió esa golfa de la Valentina, que ha sío más lagarta que una... y me engatusó a ese tío lila... Pero déjate, que poco lo va a gozar, muy poco. ¡Por estas! (Cruza los dedos. Llora.)
Sole.—Amos, madre, no se ponga usté así. ¡Miá que hasta llorar, hombre! Después de tóo, ¿qué le vamos a hacer? ¿Que son felices? Que Dios se lo habrá dao. ¿Que tienen hombres que las quieran? Pa eso son guapas. Misté, a mí no me da envidia de la Encarna. ¿Que ella es más güena moza que yo? Güeno, pero yo llego donde ella llegue. ¿Que no llego de mi natural? Me aupo. Tóo tié remedio. Después de tóo, yo tengo visto que en este mundo con una mijita de labia y un poquito de paripé, rubias, morenas, altas, bajas, guapas, feas... tóo se despacha.
Josefa.—¡Quítate d’ahí, cacho prima!
Sole.—Que sí, señora, ¿pa qué envidiar a nadie? Yo, con tener salú, un río con agua clara, ropita que lavar, puños pa dar jabón, un cacho de novio y boca pa cantar, pos no me cambio ni por la reina de España; porque ¿qué tié la reina, corona? Pos me pongo yo dos claveles en el pelo, salgo a la calle andando así (Anda contoneándose.) y me saludan hasta los alabarderos. (Pasando a la izquierda.)
Josefa (Dándole un manotazo.)—¡Alabarderos! ¡Maldita sea tu estampa! (La zarandea.)
Sole.—¡Pero madre!
Josefa.—¡Que la ves a una repudriéndose y llorando y encima te vienes con chacharramanchas!
Sole.—Pero, señor, ¡encima que lo hago pa aplacarla!...
Josefa.—¡Vete de aquí o te esgarro! (Amenazándola.)