Sole.—Pero ¿qué está usté viendo, vamos a ver?... ¿Que son felices? Pues déjelas usté.
Josefa.—Pues no me da la gana. No quiero, no quiero y no quiero, que esto es un asco de farsa. Unos granujas y una tía hambrona engañando entre tóos a un tío baboso... ¡maldita sea! ¿Y pa qué ha sío una buena en este mundo? Pa tener este pago y verse arrastrá como una esclava y ver que otros triunfan, y ver que otros se van a llevar lo que una... ¡Miá si no ardiese la casa y nos consumiese a tóos!
Sole.—Amos, hija, madre... amos, cállese usté, que me da usté miedo. Pero, ¿por qué les tié usté ese odio, señor?
Josefa.—Porque son unas asquerosas.
Sole.—Total, ¿qué nos han hecho aquí? Pos llenarnos la andorguita la mar de veces; que si no hubiá sido por esta casa, ¿qué hubiésemos comido la metá e los días? Pos aleluyas al gratín y pan de no hay.
Josefa.—Pero lo han hecho pa rebajarte, pa humillarte, pa tenerte bajo el zapato. (Reconcentrado.)
Sole (Imitándola.)—Lo habrán hecho pa lo que haigan querido, pero yo he aumentao cinco kilos; que antes paecía que llevaba las carnes en un pellejo prestao y ahora no se me pué coger un pellizco. Al menos eso dicen tóos los que me lo... (Golpeándose los labios.) digo, ay...
Josefa (Interrumpiéndola bruscamente.)—Lo que eres tú, eres un peazo e carne con ojos, que ni sientes ni padeces ni vales pa na; pero yo veo el mundo, y esta casa y tóo esto podía ser mío, mío... ¡nuestro!
Sole.—Pero, ¿qué iba a ser nuestro? Ganas...
Josefa.—¿Tú qué sabes?