Rita.—¡Usté de mozo!... Bueno, asiéntese usté. (Le da una silla.)
Pelele.—S’agradece. (Se sienta a la izquierda de la camilla. Con gran interés y bajando un poco la voz.) ¿Y qué, los ánimos andarán mu caídos por esta casa?
Rita.—Ni quiá usté saber; con eso de no haber sabío de la Encarna en tres días que van del desgusto, pos el chico está que su alma se la arrancan. (Queda de pie a la derecha.)
Pelele.—¡Con tantas ilusiones y tóo pol suelo en media hora!
Rita.—Un asco de mundo. ¡Pos la señá Valentina, la pobre, también estará pa que la pidan una fábula!
Pelele.—¿La señá Valentina?... Más serena que usté y que yo. ¡Eso es una mujer! Del seso femenino no se encorambra con más agallas.
Rita.—¿Pero no se l’ha venío el mundo encima?
Pelele.—Se le ha venío el mundo encima, pero ella lo ha apartao y ha seguido pa alante. Amos, eso hay que verlo. Misté, de que supo por boca del mismo señor Hilario que estaba acusá de mantener relaciones inlícitas con su hermano de usté, que fué y no le dijo más que esta cosa lacónica: “Ah, ¿pero era eso?—Eso.—¿Y has dudao de mí?—Y dudo”, le refutó él. Y fué ella, se quedó un poco amarilla, levantó así la cabeza con orgullo, miró al señor Hilario de hito en hito, prorrumpió en una carcajada consistente en ¡ja, ja, ja! agarró sus cuatro trapitos y echó a andar calle alante, tranquila y serena.
Rita.—Amos, miá que ese tío está loco. ¡Dejarse marchar a una mujer como la Valentina!
Pelele (Dando un puñetazo en la mesa y poniéndose de pie.)—Y quedarse con la perra de la Josefa, que dende el desgusto es la que lleva el remo de la casa. Y pa mí que ella es la del anónimo... y la causanta de tóo...