Rita.—Pero qué me va usté a contar, hijo, si la tengo conocida de chica, que íbamos juntas a la escuela y siempre estaba castigá de envidiosa que era. Que, vamos, un día—pa que se vea lo que son las presonas,—fué y tenía yo una berruga aquí, mal señalao, (En la mejilla.) que decían tóos que me hacía muchisma gracia, y fué ella y pa que no la tuviese, me la quemó con una cosa negra que le dicen nitrato, que me hizo de ver las estrellas; que yo no la he vuelto a tratar en mi vida desde entonces.
Pelele.—Pero señora, si su segundo marido tuvo que retirarse de con ella y se fué a Buenos Aires por no matarla. Y su primer marido no digamos, que ahí lo tié usté vivo y sano, que es el señor Antonio el cañamonero, que cuando habla de ella hay que taparse los oídos con hidrófilo.
Rita.—Pero oiga usté, ¿cuántos maridos le viven?
Pelele.—Bueno, digo maridos, porque de alguna manera hay que llamarle en sociedad a cierta clase de ñudos.
Rita.—Sí, ñudos, ñudos... corredizos. (Llaman.)
Pelele.—¿Quién será?
Rita.—Voy a ver. (Abre.)
ESCENA II
Dichos, señor Tobías. Es un tipo de tabernero rico, vestido de fiesta. Cadena de oro muy gruesa, sombrero ancho, puro en la boca y un palasán muy gordo, con bola de hierro.
Rita.—Pasa, Tobías.