Bernabé.—Bueno, pero dime pronto...

Tobías.—Agárrate, que de pie no lo aguantas.

Bernabé.—Venga.

Tobías.—Bueno, pues que Hilario, que desde el desgusto que tuvísteis, está ciego contra vosotros, ha ido a decirle a don Isidro Solano, el empresario de Tetuán, que ya no tiene interés por Paco; y ese tío asqueroso que le debe más de nueve mil pesetas, oliéndose que si tu hijo queda mal esta tarde, el señor Hilario tendrá una gran alegría, ¿qué dirás que ha hecho el muy granuja?

Bernabé.—¿Qué ha hecho, Tobías? porque yo ya estoy con un sobresalto en el corazón, que tóo me lo espero.

Tobías.—Pues que a última hora, ha fijao un anuncio en el cartel diciendo que se le han estropeao tres toros y en vez de los seis Bobadillas que tenía preparaos para Paco y el Herrerito y que eran seis merengues de fresa, los ha sustituído por seis marrajos... agárrate... de Pérez Labulla.

Bernabé (Aterrado.)—¡¡Labullas!! ¡Mi madre!

Tobías.—Vengo de los corrales. Son seis mansos pregonaos, con más poder que un mercancías, y con unos cuernos, que ¿tú has visto el palo ese de la telegrafía sin hilos, que hay en San Fernando el Jarama? pos un mondadientes en parangón.

Bernabé.—¡Pero eso es un asesinato!... ¡Labullas pa un prencipiante!... ¡y en el estao de ánimo de ese chico!... (Con indignación.) ¡canallas!... ¡asesinos!

Tobías.—Bernabé; Paco no debe torear esta tarde.