Al levantarse el telón aparecen cuatro golfos mirando por las rendijas de la puerta de la plaza.
Uno de rodillas, otro empinándose sobre las puntas de los pies, otro de pie, y el último tumbado mirando por debajo de la puerta. Dos cocheros sentados ante una de las mesas del merendero, toman unos quinces. Una vendedora junto a un pequeño tabanque con “cacahuets” y naranjas, dormita tristemente.
De la plaza, de vez en cuando, sale un griterío infernal de indignación, con que el público castiga la torpeza de un torero.
Suenan palmas de chunga, monótonas, acompasadas, burlonas; sobresalen voces agudas: “¡Al corral! ¡Maleta! ¡Asesino! ¡Pincha ratas!” Todo el público, con voces acompasadas: “¡Al corral! ¡Al corral!” Vuelven a escucharse silbidos, suenan trompetillas infamantes, un cencerro golpeado con un palo. Risas, voces atipladas: “¡Ay, qué miedo!... ¡que se mude!... ¡Fenómeno!”
En un silencio, La Josefa sale por la izquierda, se acerca a la plaza, escucha, mira también por las rendijas de la puerta, y oyendo los denuestos y los gritos del público contra el pobre matador, sonríe y se aleja. Desaparece por el fondo.
Música
Sole (Aparece por la puerta de los corrales, demudada, temblorosa, con un mantoncito de crespón negro y con dos o tres claveles cayéndosele del pelo. Trae en la mano un par de banderillas adornadas con muy mal gusto. Dos corchos van clavados en los arponcillos. Lloriquea, y, a cada grito que se oye en la plaza da un salto cómicamente atemorizada. Grito en la plaza y susto.)—
¡Ay!... Santa María
por poco me muero.
Ese hombre no sirve