Bonifacio. (Estupefacto.)—¿Y en qué se parece?

Primitivo. (Muerto de risa.)—¡En que tiene Pepitas!

El Sardina. (Riendo a todo reir.)—¡Pepitas!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Fíjate!... ¡Pepitas!... Claro, San José... de Pepes, Pepitas.

Bonifacio. (Dudando.)—Pos no m’acaba a mí de hacer una gracia loca, la verdá.

La Angustias.—¿Loca...? Ni atontolinada siquiera. Menuda gansá. Amos, que paece mentira que padres de familia, cargaos de miseria y de hijos, se entretengan en esas tontunas.

El Sardina.—Pos poquito que nos reímos.

Primitivo.—Y pué que lo de anoche tampoco os haga gracia.

Bonifacio.—¿Qué fué?

Primitivo.—Na, que como enfrente del bar la calle hace mucha cuesta y la acera es estrechita, fué el Berruga y a la plancha del alcantarillao, que es de plomo, la dió de jaboncillo, y no pasaba un transeunte que no resbalase y se diese una costalada.

El Sardina.—Y no sus quiero decir ca talegazo la juerga que s’armaba en el bar.