Eulogio (De la casa.)—¿Qué habrá pasao? ¡Se han ido! ¡No se ve a naide! Digo, ¡contra!... ¡Epifanio viene!... (Se sienta a trabajar.)

Epifanio (Por el foro.)—A éstos... (Señalando la casa del sillero.) les estropeo yo la merienda esta tarde.

Rosca.—No te ofusques, Epifanio, no te ofusques, y deja ya a la Isidra, porque de esa no has sacao ni sacarás... ¡pero que ni agua!

Epifanio.—Ya sé que no he sacao na; pues ese es mi coraje... ¡Pero yo te juro que no me voy de rositas!

Rosca.—¡Epifanio!

Epifanio.—¡Rosca... al Retiro! (Vase Rosca a la taberna. A Eulogio.) Oiga usted, maestro: ¿sabe usted, por una casualidaz, si ha salido la Isidra?

Eulogio.—¿La Isidra?... No sé... digo, sí, hombre; ahora que me acuerdo... hace un rato que la he visto ahí en la puerta hablando con su novio. (Epifanio hace un aspaviento de asombro, que asusta a Eulogio.)

Epifanio.—¿Con su qué?...

Eulogio.—¡Con su novio! ¡Con ese chico que la habla ahora!

Epifanio.—Pero, ¿cuálo?