Señor Eulalio.—Quita, primo; si uno lo comprende todo. Cuando el hombre está bueno y sano y se encuentra en la taberna rodeao de cuatro necios que le ríen las gracias, el hombre es un valiente, que se atreve con tó lo humano y con tó lo divino; pero cuando cambia el viento, y viene la negra, y el dolor te mete acobardao y solo en el rincón de tu casa... Será uno tó lo blásfemo que sea; pero yo te digo que no hay quien no levante los ojos pa lo alto y pida misericordia.

Señor Floro.—Esa es la chipén.

Señor Eulalio.—En fin, con decirte que yo ya hasta me persigno por las noches...

Señor Floro (Asombrado.)—¿Y te acuerdas?

Señor Eulalio.—Hombre, como es lo primero que le enseña a uno su madre... Y hago más.

Señor Floro.—¿Qué haces?

Señor Eulalio.—Pues que cuando paso por delante de una iglesia, pa saludar y que no me se burlen los compañeros, me quito la boina y me la sacudo de yeso.

Señor Floro.—A mí me se había ocurrido levantarme la visera de la gorra y rascarme, que también es disimulao.

Señor Eulalio.—Sí, pero eso no tié novedaz.

Señor Floro.—¿Tú crees?