Señor Eulalio (Atajándole.)—¡Adiós, Floro!
Señor Floro (Aterrado.)—¡¡Eulalio!! (No sabe dónde meterse el cirio.)
Señor Eulalio (Sonriendo.)—¿Qué llevas en la manita?
Señor Floro.—Na; que, de paso que voy a la obra, unas vecinas me han dao el encargo de que traiga esta tontería ahí, a esa estupidez de iglesia que hay ahí en la...
Señor Eulalio (Acentuando su sonrisa.)—No te molestes... ¡lo sé todo...!
Señor Floro.—¿Te han contao lo de mi dolor de anoche?
Señor Eulalio.—Y lo del sellito.
Señor Floro (Bajando la cabeza avergonzado.)—Chico. Eulalio, la verdá, me hicieron hocicar; pero es que me vi negro. Creí que la diñaba... ¡Y cuando le ve uno los zancajos a la muerte...!
Señor Eulalio.—¡Qué me vas a decir, Floro...! ¡Yo era peor que tú! Yo te podía dar veinticinco pa cincuenta en custión de ateísmo. ¡Pero amigo, un día—tú sabes la pasión que tengo yo por mi nieta, que no quiero otra cosa en el mundo—, pues fué el angelito y me cogió eso que le dicen la dizteria, que creí que me se moría! Chiquillo... de pensar yo que me iba a quedar sin aquel pispajo que me se agarra a las rodillas toas las tardes cuando vuelvo de la obra, y que es mi único consuelo... Amos, que me dió una angustia interior, por dentro, que dije: “¡Dios mío, si me la salvas, me pongo hábito aunque sea!” ¡Y me la salvó! Por eso anoche, en la taberna, cuando pasaba el Viático, me quité la gorra. Hay que ser agradecido.
Señor Floro.—Tiés razón, Eulalio; dispensa las gansás que te dije.