—Le has visto, ¿verdad?—preguntaba;—¿a que estuvo hoy en el Ministerio?
Don Pablo decía que sí.
—¿Ves? me lo sospechaba; ¡en qué andará ese par de alhajas! quisiera oírles por alguna rendija. ¡Tal para cual!
Un día, contó el viejo Vargas que el chico de Esteven había sido nombrado oficial primero o segundo, con trescientos pesos, y como él no era más que auxiliar con ochenta y en su sección estaba aquél, resultaba que él, don Pablo Aquiles, empleado antiquísimo, quedaba bajo las órdenes de su flamante superior, Jacintito: felizmente, éste iba tarde o no iba nunca, y cuando iba, no hacía nada. Tan disgustado estaba el pobre hombre y misia Casilda se puso tan furiosa, que no comieron aquella noche. Y Quilito, razonable como pocas veces, decía que, efectivamente, era una injusticia irritante, más, una inconveniencia ridícula, pero que Jacinto no abusaría de su posición, pues era muy buen muchacho; además, estaba seguro que no aportaría por el Ministerio nunca, y esta sería la mejor solución.
—¡Pillos!—exclamaba misia Casilda, mientras don Pablo, nervioso, llevaba el compás con su batuta improvisada,—¡Mira cómo hacen y deshacen a su antojo! Naturalmente, el que tiene padrino se bautiza. ¡Qué pillos! ¡con trescientos pesos, y de jefe tuyo, un mocosuelo! Quilito, hazme el favor de no defender estas iniquidades, porque creeré que estás corrompido, tú también, que te has contagiado con el mal de la época.
—Si yo no las defiendo, tía...
—Las excusas, que es igual.
Ella no quiso tragar, y así lo decía, eso de que Esteven se hubiera arruinado, aunque se lo aseguró don Pablo y lo confirmó el mismo Quilito. No, no le conocían bien: don Bernardino era un truchimán de primo cartello, y ya tendría a buen recaudo todos sus valores, para tomar las de Villadiego el mejor día; después, échenle ustedes un galgo. Que la familia se iba al Frigal, y salían las propiedades a remate... ¡farsa! ¡ojalá pudiera ella registrarles los baúles!
—¿Y la liquidación de la casa de Jacinto?—observaba Quilito,—¿y su entrada en el Ministerio?
—¡Farsa!—repetía la tía,—maniobras, juegos de manos... el tiempo ha de descubrirlo todo. A esa gente, no creo yo ni el bendito. ¡No les deseo ningún mal, pero si resultara verdad la ruina de Esteven, alabaría la justicia de Dios! Sólo que Dios tiene mucho que hacer, para perder el tiempo en castigar a los pícaros...