VIII

Don Pablo Aquiles entraba a las seis del Ministerio, minuto más o menos: se quitaba el pesado gabán y revestíase de una chaqueta vieja bien holgada, calzaba los pantuflos e iba a sentarse al lado de la chimenea, apagada desgraciadamente siempre, delante de la pantalla en que las escuálidas cigüeñas se miraban tristonas, cual si lamentaran, ellas también, la ausencia del fuego alegre y reparador. Con el periódico de la tarde, enrollado como un canuto, dábase golpecitos don Pablo en las piernas, mientras comunicaba a su hermana las noticias que traía; primero, las del diario: que el Gobierno va a hacer esto o lo otro, que el oro está a tantos, que el empréstito no cuaja, que el ministro tal se va...

—¡Qué se ha de ir—observaba misia Casilda pasando revista a la mesa, que tendía Pampa;—ya verás, Pablo, como no se va! Si no se arma la de Dios es Cristo, esto seguirá hasta el día del juicio. Claro, les dejan hacer lo que quieren...

—Y se armará, Casilda, se armará.

—Sí, como siempre: que salen a la calle cuatro personas decentes, sin armas o sin municiones, y me las corren y quedan las cosas como antes, o peor; todavía, ¡si la intentona no costara sangre! pero muere más de un padre de familia y más de un joven... ¡qué sacrificio tan estéril! Si esta vez han de hacer lo mismo que las otras, mejor será quedarse tranquilos y aguantar... Muchacha, ese tenedor no está bien limpio: vete a fregarlo como Dios manda...

Luego venían las impresiones del día: si había tenido mucho trabajo en la oficina, si el jefe estaba de buena cara, lo que se decía.

—Pero ese Ministerio es un club—exclamaba la señora,—allí se fuma, se charla, se toma te, se reciben visitas; seguro que todo el trabajo pesa sobre ti, que eres un infelizote, y hasta ahora el ministro no te ha aumentado un centavo; en cambio hay otros gandules que ganan tres y cuatro veces más. No hay cosa peor que ser bueno y honrado, porque a ése se lo comen por sopas... Pampa, dobla bien esa servilleta...

Cuando don Pablo Aquiles venía con el cuento de que se había hecho saltar a algún compañero, para colocar a un paniaguado de la situación, o relataba, con pelos y señales, los abusos cotidianos, las arbitrariedades inicuas del doctor Eneene, misia Casilda prorrumpía en violenta catilinaria.

—No me lo digas, Pablo, porque no puedo contenerme; y tú, estás viendo esas cosas de cerca, y te callas... ¡qué pícaros! el día menos pensado te echarán a la calle, como no les adules bien. ¿Y qué hacen los diarios independientes? ¡Ah, si yo fuera hombre! ¡no poder escribir siquiera un remitidito! Cada pillería de éstas, publicarlas en letras bien grandes y adivina quién te dió. ¡Conque, le han puesto doscientos de sueldo, y acaba de entrar! como no sale de su bolsillo, eche usted que no se derrame. ¿Y dices que se hace pagar el coche por el Ministerio, y abastecer su casa de vino y de cuanto Dios crió? Pero, ¿dónde tiene la vergüenza ese señor ministro? Qué remitido escribiría yo, ¡qué remitido!

A veces, en la actitud que tomaba al sentarse, y en los golpecitos del periódico sobre la pierna, conocía ella que venía contrariado don Pablo Aquiles.