Silencio prolongado, obstinado de Jacintito. Sí, pues; para pagarlos estaba el padre, que tenía, debajo de la cama, una mina destinada al uso personal y exclusivo del hijo calavera... Bueno, esta vez sería la última; pero como no podía permitir que anduviera de vago ni que volviera a la Bolsa, acababa de conseguir del doctor Eneene un empleo en el Ministerio y un buen sueldo.
—¿Qué voy a hacer en el Ministerio?—protestó Jacinto, contrariadísimo.
—¡Rascarte! y sobro todo, no me pongas los pies en la Bolsa, porque te mando a un pontón.
—Vos también, papá...—se atrevió a insinuar el muchacho.
—Yo puedo hacerlo—contestó el padre;—pero ustedes, mequetrefes pelagatos... ¡qué audacia! he aquí la época...
—Peor lo ha hecho Quilito—saltó Jacinto más animado,—que ha perdido ciento cincuenta mil nacionales, y anda en la Bolsa, empeñado en sacarlos debajo de tierra.
—¡También el Varguitas! ¡y no tiene sobre qué caerse muerto! Ese es el ejemplo que te ha perdido.
—No sé; pero cuando yo te vi, papá, comprar tantas vitalicias, me dije: Esta es la mía; si papá compra, es que el alza es segura y el negocio soberbio.
—Cállate—exclamó don Bernardino fuera de sí,—que te calles, ni una palabra más. Y basta; ¡no me pises la Bolsa, y cuidado cómo te portas en el Ministerio!
Dió por terminado el récipe don Bernardino, y Jacintito, mordiéndose los labios de coraje, se preguntaba si era cuerdo, si era justo, que le sepultaran a él en una oficina, cuando tantas disposiciones tenía para el comercio. Y concluía opinando, que no era ni justo ni cuerdo sino, simplemente, un disparate.