—Muchas gracias, doctor...
Salió don Bernardino satisfecho, muy satisfecho; en el saloncito tropezó con un empleadillo, que traía la carpeta de notas a la firma de S. E. y rondaba la entrada del despacho, esperando el fin de la entrevista, y Esteven pasó erguido, sin dignarse atender a la mirada provocativa que los ojillos de víbora del cuñado le lanzaron, desde el fondo del salón rojo.
—Anda, vejestorio inservible—decía bajando las escaleras,—mírame, muérdeme; no te daré el gusto de verme en el suelo. Todavía puedo levantarme... el doctor es una gran palanca; ¡que no renuncie antes de fin de mes, y la victoria será mía!
¡Qué casualidad! Cuando iba a tomar su coche, pasaba precisamente Jacintito.
—¿A dónde vamos?—dijo el padre, cogiendo el brazo del muchacho;—ayer no has comido en casa, y hoy no has almorzado. Y eso que tu padre estaba enfermo. Cualquiera diría que me huyes... Ven acá, que tenemos que hablar.
Le obligó a entrar en el coche, y partieron.
—Nos hemos lucido—pensó el chico,—ahora me mata, sí, señor, y aquí no tengo escape. ¿Qué excusas voy a darle?
Don Bernardino, sin más trámite, fulminó el rayo de su excomunión sobre el culpable: lo sabía todo, todo, con puntos y comas, de pe a pa; míster Robert acababa de descubrirle la verdad y de notificarle la gravísima resolución adoptada: liquidar una casa que tanto había costado formar, y con un pasivo escandaloso. ¿No tenía vergüenza? ¿no le remordía la conciencia de haber arruinado a aquel pobre hombre? ¿con qué pensaba pagar los doscientos mil nacionales del pasivo y los cincuenta mil que adeudaba a Rocchio?
—Ya cantó el gringo—murmuró Jacinto.
—¿Con qué piensas pagarlos?—preguntó otra vez Esteven.