—También Jacinto, querido doctor—dijo tímidamente,—Jacintito, mi hijo... ¿sabe? se ha dejado apretar en la máquina de la Bolsa; una desgracia, pero, ¿qué hacerle? Los hijos cuestan caro, doctor, y un padre, mientras vive, no puede dejar el biberón de la mano, así sean ellos hombres y gasten barba.

—¡Hola! también Jacinto—repitió el doctor, distraído.

—¡También! y como el muchacho no ha de estar de haragán, ahora que va a liquidar su casa de comercio, yo pensé en usted y me dije: A ver si el doctor me le coloca en el Ministerio, y me le tiene allí sujeto por algún tiempo, por lo menos mientras las condiciones del mercado no mejoran.

—¿Aquí?—saltó S. E., alarmado;—pero, ¡si tengo esto hecho un hospital, y no cabe allá dentro ni un alfiler! Además, usted sabe que hay que hacer economías, o fingir que se hacen, para desarmar la oposición. ¡Estos nombramientos me han dado más disgustos! porque hay que contentar a los amigos y el presupuesto no alcanza... ¡tengo aquí más supernumerarios!... y todo sale de eventuales, amigo. Hace poco fué necesario hacer saltar, con el primer pretexto que se encontró, a un empleado de diez años... de diez años, ¡calcule usted! para colocar al recomendado de un colega... y ayer me traje al hijo de una prima mía, que es sordo-mudo, y se lo entregué al subsecretario, diciéndole: Ponga donde quiera a esa buena pieza y déle diarios a leer; que se entretenga en algo. Y mandé que se le asignaran doscientos pesos al mes, de eventuales. Porque mi mujer, me sacaba los ojos, repitiéndome: ¿Serás capaz de no hacer nada por el desgraciado hijo de Eulogia? el pobrecito no sirve para nada, y en ninguna parte estará mejor que en el Ministerio. Y me lo traje, y ahí está; el servicio público no ganará gran cosa, pero mi mujer y la prima Eulogia están contentas.

—Pues nada más fácil, querido doctor—observó sonriendo Esteven,—ponga en la misma mesa a Jacintito, y le dará conversación al sordo-mudo, y así no se aburrirá. El país no se ha de hundir por eso.

—Le pondremos, amigo; muerto por mil, muerto por mil quinientos. Que venga su hijo, y si no quiere venir, que no venga; yo daré orden al Habilitado que le entreguen trescientos pesos todos los meses. Con los amigos, hasta la pared de enfrente, o no tenerlos.

—Mi querido doctor—exclamó Esteven reconocido...

Y levantándose, la mano poco aseada de S. E. entre las suyas, agregó que se marchaba, porque no quería robar al ilustre ministro el tiempo, que tan escaso le venía para sus múltiples e importantes ocupaciones.

—No se moleste usted, doctor, en acompañarme... ¡siempre tan amable!

—Lo dicho—repitió el doctor Eneene, acariciando la aceitosa melena,—no se me mueva usted de la capital, ¿eh? y véalo a Rocchio, que tenga paciencia; el asunto corre de mi cuenta. En cuanto a la recomendación al Banco, no dejaré de hacerla... se trata de usted y basta; aunque rabien, tendrán que aceptar la propuesta.