Quilito abrió. Entró la tía, su cara de muñeca más lustrosa que de costumbre, sin las chapas de color en ambas mejillas, porque el disgusto las había borrado, y siguió al sobrino hasta la alcoba. Quilito se echó en la cama, de espaldas, y misia Casilda se sentó en un sillón, frente a frente. Bueno, ya estaban solos y podían explicarse: ella exigía, sí, señor, exigía explicaciones categóricas, para tomar una resolución seria: aquello no había de continuar así. ¡Qué! ¿el padre, la tía, los criados, todos, iban a estar sujetos al humor de un chicuelo irrespetuoso y sufrir en silencio sus rabietas inconsideradas? ¿qué se figuraba? ¡Si el padre no tenía bien puestos los calzones, ella sabría imponerse una vez por todas! La filípica continuó en este tono largo rato, y el muchacho ni se movía, ni hablaba: misia Casilda usó de todas sus armas, y trató de herirle en su amor propio, en su dignidad, en medio del corazón, que ella conocía tan tierno, a pesar de todo.
—A mí no has de engañarme, como a tu padre—dijo por último,—tú andas en algo malo, Quilito, y si te escondes, es que el remordimiento te persigue... de alguna acción vituperable... ¡no sé cuál! Seré muy torpe, pero me parece que tú juegas... y si juegas, que has perdido... ¿he dado en el clavo? ¿sí o no?
Tan había dado, que el chico se agitó, como si acabara de recibir un alfilerazo.
—¡Por Dios! tía, déjeme usted, márchese, quiero estar solo; no tengo gana de oír sermones.
Y se puso cara a la pared, rezongando. Pero, quieras que no, tuvo que oírlo, de cabo a rabo, tan contundente, porque la señora no se mordía la lengua, y soltaba cada varapalo que escocía de veras, que Quilito dió un salto, al fin, y con el aire de un demente, prendido al enrejado de la cama, que sacudía como si deseara arrancarlo, gritó:
—Sí, ¡he perdido, he perdido! ¿Y qué tenemos con eso?
Jadeante, se volvió a la tía, desafiándola con la mirada iracunda, pero la consternación de la señora debía ser tan grande, pues enmudeció de estupor, que Quilito sintióse conmovido y su cólera se apagó, como si hubieran derramado agua encima.
—Perdóneme usted, tiíta Silda, soy un miserable, no sé lo que me digo.
Se echó a sus pies, besándola las manos y ocultando su cabeza rubia en el regazo de la señora. Y sin darla tiempo a poder hablar, de temor, sin duda, a que renovara la letanía de las recriminaciones, contó sus percances de Bolsa...
—He perdido, tía, y no tengo con qué pagar: mañana, día de San Juan, vence el plazo, a medio día... Usted dirá que por qué he jugado: ¡todo lo que usted pueda decirme, me lo repite mi conciencia a voces, a todas horas! He jugado porque quería salir de pobre, cambiar de posición, tener lo que otros más afortunados tienen... Para ser rico, tía, y hacerles felices a ustedes, y hacerme a mí mismo feliz, yendo a depositar a los pies de Susana... no tuerza el gesto, tía... mi fortuna y decirla: ¡Ahora, nada ni nadie podrá separarnos! Porque usted no conoce a Susana, tía; es un ángel, y allí donde ella pone la planta, hay que poner los labios... Y todo lo he perdido, ¿ve usted? ¡Ay, tiíta Silda, me considero tan desgraciado, que si no fuera una blasfemia, diría que odio a mi padre, por haberme traído al mundo, sin que yo se lo pidiera!... Si aquí no había de hallar más que penas y miserias, ¿a qué me han dado la vida? Tómenla, ¡yo no la quiero, no la quiero!...