Misia Casilda, acariciando la cabeza rubia, murmuraba:

—¿Ves? si yo te lo decía, yo te lo decía...

Luego, ensayó arrancarle aquellas ideas disparatadas.

—No hables así, Quilito, mira que Dios te está oyendo; no te aflijas tanto, hijo mío, quizá todo pueda arreglarse. ¡Has perdido! es una desgracia, pero trataremos, unidos, de remediarla. Vamos a ver, ¿cuánto debes?

—Mucho, tía, muchísimo, ¡qué sé yo!

—Pero, dime... aproximadamente.

—Mucho, ¡muchísimo!—repitió el joven.

¿Qué iba a hacer al día siguiente? Porque todos los recursos de que podía disponer, los había probado, y todos fracasaron. ¿Cómo no estar, pues, de mal humor? ¿cómo no desesperar de su suerte y de la vida?

—Si le digo a usted, tía, que los pobres no debieran tener hijos; que a uno nadie tiene el derecho de traerle, así, a la fuerza, a compartir las miserias de la vida. ¿Acaso, a la edad de ser padres, no han echado de ver todavía que esto no vale un centavo? y si no hay nada que ofrecer al que ha de venir, ¿por qué obligarle a salir de dónde está sin sentir pena ni gloria?

¡El egoísmo, tía, el egoísmo! Yo no he nacido, no, para pobre y todo mi afán fué siempre enmendar de un golpe lo que mi destino había hecho... ¡Qué desgraciado soy, tiíta Silda, qué desgraciado soy!