Desvariaba de tal modo, que la tía, alarmada, pensó con terror en lo que había dicho aquella noche, de pegarse un tiro si la suerte no lo favorecía; se le imaginó verle ya con el cráneo hecho pedazos, cubierto de sangre, después de haberse arrancado violentamente aquella vida que él decía no querer, ni haberla pedido. Besándole con frenesí, le conjuró por todos los santos del cielo, que se calmara: ella iba a registrar los cuatro rincones de la tierra y le traería la suma suficiente para pagar su deuda. ¿A cuánto alcanzaba? para saber, porque era necesario saber... ¿eran mil, dos mil, tres mil nacionales?
—No, tía, no—dijo Quilito arrojándose en la cama de nuevo,—no se empeñe usted... ¡es inútil, es imposible! ¡Cuánto le agradezco todo, tiíta de mi alma!
—No seas bobo; desesperarse así no es cosa de hombres; ya verás, poco importa que no me digas la suma redonda... yo te he de traer lo suficiente.
Y poniendo una mano sobre el hombro del joven, añadió:
—Pero con la promesa de ser más cauto en adelante, y de no buscar más en el juego lo que sólo el trabajo puede dar.
Le dejó y bajó la escalera; en el comedor, don Pablo Aquiles se preparaba a salir.
—¿Y qué tal—preguntó,—se le ha pasado ya el berrinchín a ese polvorilla?
—Sí, ahí le dejo tan tranquilo; a Quilito no se le debe tomar a lo serio: es un loco.
—Bueno, hija, hasta luego.
—Hasta luego, Pablo.