Misia Casilda esperó a que saliera: después, fué derechamente a su cuarto y abrió el venerable armario de caoba; en el fondo del estante mediano había una caja de sándalo... Sentada en una silla baja, empezó a escarbar en la cajita misteriosa: dos onzas de oro de Carlos IV; un par de caravanas de brillantes y perlas, recuerdo de su madre; un anillo con amatista; el reloj de don Aquiles; botones de puño; prendedor de caireles con azabache...
—¿Me darán por todo esto quinientos nacionales?—decíase pensativa,—más quizá, porque las caravanas son muy buenas... a Quilito le harán falta... a ver... unos... tres mil nacionales; ¡es una enormidad! me parece que no puede ser más; ¡imposible! Reflexionemos: pongamos ochocientos por todo esto, mil por la imagen de plata maciza de la Virgen de Luján... la Santísima Virgen ha de perdonármelo... bueno, mil, hemos dicho, y ochocientos, son mil ochocientos; el relicario con esmeralda, que tengo en el cajón de la cómoda... ¿cuánto me darán por el relicario? ¿doscientos? pues, ya hay dos mil nacionales... ¡Ah! y cien que me quedan del mes, son dos mil cien. ¿De dónde sacaré el resto? ¿Pablo? me consta que no tiene nada, porque su mensualidad me la entrega íntegra... ¡Que la Virgen de Luján me ayude! y si es más de tres mil nacionales, veremos; hasta mañana a las doce, hay tiempo...
Se puso el mantón, y antes de salir, fué al patio interior a recomendar a las muchachas mucho silencio, no molestaran al niño y cuidaran la casa; ella iba y volvía.
—El niño ya encerróse—dijo la genovesa con una sonrisa imbécil.
—Bueno, mujer; usted a su cocina y Pampa que quite la mesa.
Salió con paso ligero, disimulando bajo el pañuelo de merino la caja y la imagen de plata.
Dos horas estuvo fuera. Volvió sofocada, quejándose del sol tan fuerte, que no parecía de invierno.
—¿Ha llamado el niño?—preguntó a Pampa.
—No, señora.
—¡Qué cabeza!—decíase misia Casilda,—no me he acordado de llevar los cubiertos de plata; estos prenderos son todos unos judíos... ¡Cuánto corretear y qué discutir, para no traer más que mil ochocientos nacionales! Verdad es que yo he tasado todo con mi fantasía de dueña legítima... ¡Ay mi Virgen! mi compañera de toda la vida; cuando la dejé sobre el mostrador, me pareció que me lo reprochaba con sus dulces ojos... ¡Valiente día estoy pasando! A ver esos cubiertos...