Sin quitarse el mantón, entró en el comedor y abrió, con la llave más gruesa de su llavero, el cajón bajo del aparador: había hasta tres pares de cubiertos de plata, envueltos en papeles de seda y en retazos de franela muy limpia: eran los últimos restos del antiguo esplendor de los Vargas, cuchillos y tenedores que, más de un bien cebado prior había manejado, en las comidas suculentas y frailunas del místico don Aquiles. A la casa de empeños con ellos, y andando.
—Ya vuelvo—dijo la señora a Pampa,—no te muevas del patio.
Media hora después volvía, sofocadísima.
—Si me sale ahora con que es más de los dos mil doscientos que le traigo—pensaba subiendo la escalera,—¡me parte!
Ya arriba, repiqueteó sobre la puerta, y entró, cuando Quilito hubo corrido el cerrojo.
—Aquí me tienes—dijo alegremente, echando el mantón sobre los hombros,—espero no haber perdido mi viaje, o mis viajes, porque han sido dos, hijo mío.
El joven la vió sacar de un pedazo de periódico, enrollados, los billetes, que puso sobre la mesa de pino que, en aquella primera habitación, llenaba, mal que mal, las funciones de escritorio: quinientos, seiscientos, mil, mil quinientos, ochocientos, dos mil, dos mil doscientos... Silencio. La tía, radiante, contemplaba el depósito; Quilito, turbado, miraba a la tía. Esta, miró a su vez al sobrino, y el semblante se le anubló, de pronto...
—Vamos, pues, ¿qué dices?
—¡Que la quiero a usted mucho tiíta de mi alma, y que sufro de veras por la pena que la estoy causando!
La abrazó repetidas veces, con efusión.