Quilito se lo agradecía todo, besándola las manos, como un perrillo que ha sido castigado y quiere hacerse perdonar del amo la falta cometida.
—No me preguntes nada, hijo mío—agregó misia Casilda,—de aquí a mañana tenemos tiempo para pensar y para obrar... pero, prométeme que te dejarás de locuras: tu tía vieja te lo pide: ¡en estos casos de la vida, es cuando se debe mostrar que se tiene sentido común, sentimientos y religión! prométemelo, Quilito.
—Prometido queda—contestó el joven maquinalmente.
Antes de salir, la señora recorrió las dos piezas, buscando con los ojos si había puñal o revólver o instrumento alguno capaz de producir la muerte, y no bajó sin dejar al querido sobrino más tranquilo, en apariencia al menos, después de nuevas y patéticas exhortaciones. Bajaba los escalones, uno a uno, deteniéndose, apoyándose en el pasamano, y las lágrimas le caían gota a gota, sobre la falda negra; ese movimiento rencoroso de todo el que sufre, contra la indiferencia del mundo exterior, experimentólo la señora al ver el cielo tan puro y el sol tan brillante, cual si no tuvieran noticia de la desgracia ocurrida y de la más tremenda que se preparaba.
—¡Qué sol más antipático!—murmuró,—todo debiera estar de duelo, como lo estoy yo! ¡Qué hacer, qué hacer, Dios mío! ¡Virgen de Luján, ayúdame! Te ofrezco una novena y misa cantada, si nos sacas a todos de este mal paso... Lo peor, lo peor es que no me viene una idea, una sola... no queda ya nada por empeñar, y aunque hubiera: la casa entera no vale treinta mil nacionales... Inútil ha sido llevar al prendero esos recuerdos de familia...
Se había parado en el penúltimo escalón, y mirando los billetes envueltos en el periódico, que guardaba en la mano, repuso maquinalmente:
—La base aquí está, sin embargo, esto ya es algo, esto es mucho... falta el resto, ¿a quién acudir? ¡Dios mío! no se me ocurre nada...
De pronto, al poner el pie en el último escalón, la idea vino, clara y precisa...
—¡Qué disparate!—exclamó.
Y trató de ahuyentarla; pero, la idea, como mosca impertinente, la siguió hasta su cuarto, revoloteando sobre su cabeza, picoteándola en la frente, persiguiéndola incansable, más pegajosa cuanto más desechada.