—¡Qué disparate!—repetía misia Casilda.—¿De dónde ha venido a ocurrírseme semejante cosa? Solamente loca... ¡Dios me libre!
Repasó la lista de sus escasas relaciones, discutiendo consigo misma cuál conceptuaba ella capaz de hacer un servicio al prójimo, pero como se trataba de un servicio tan extraordinario, veíase obligada a eliminar nombres, unos por ser de personas tan pobres como ella, otros por poca simpatía, o ninguna confianza. Y se acordó de misia Petronila Barrientos, una viuda sin hijos, riquísima, que la visitaba con frecuencia, y en cada visita la repetía sus ofrecimientos de buena vecina y antigua amiga.
—Casildita, ya sabe que estoy a sus órdenes; mándeme en cuanto pueda serle útil. Ocúpeme con toda confianza, Casildita.
A la vuelta vivía, en una casa muy hermosa, de su propiedad...
—Iré a ver a misia Petronila—pensó la señora,—y le ofreceré la finca en garantía; mi carácter no es para estos casos: nunca he pedido dinero a nadie y creo, estoy segura, que la vergüenza no me dejará hablar... Pero, ¿a quién acudir, si no? ¡Esto, antes que lo otro! Ya me tiemblan las piernas y me pongo colorada...
A la calle otra vez. Pero, ¡fíese usted de los amigos y de sus ofrecimientos! Misia Petronila Barrientos la recibió con afecto, la escuchó con atención... y la despidió con política, diciéndola muy fresca, que no podía ser... porque no podía ser. Y vuelta a la casa, abatida y llorosa, por el sacrificio estéril que de su amor propio había hecho, alimentando pensamientos tan negros como éstos: El amigo es para ir de fiesta y no para acompañar en la desgracia. El corazón de un extraño es más tierno que el de un amigo. En el pedir y en el dar, se aquilata la amistad, etc.
Vino don Pablo Aquiles, por la tarde, y se enteró de que el niño seguía en su cuarto, bajo llave.
—¡Qué demonio de muchacho!—dijo,—¿qué tendrá? Igualito es a su madre, ¿te acuerdas, Casilda, que Pilar era así?... Pero, aquí yo no veo motivo; el disgusto de esta mañana no pasó de una tontería; voy a subir.
—No, Pablo, ¿para qué? Déjalo solo; es mejor.
—Le dejaremos, pues; pero, hazme el favor de cambiarte de cara, Casilda.