—¡Jesús! ¿por qué me lo dices?

—Me pareces muy preocupada, hija.

—Aprensión tuya, Pablo.

Cuando se sentaron a la mesa y se sirvió la comida, Quilito mandó a decir que él no bajaba, porque no tenía gana.

—¡Ya me va cargando el chico éste!—exclamó el padre.

Misia Casilda preparó en una bandeja dos platos, y bien tapada, con el pan y el vino, mandó a Pampa que la subiera al niño.

—Mira—observó,—si no abre, dejas todo en la escalera, delante de la puerta.

—Se enfriará, mujer—dijo don Pablo, a quien tanto mimo ponía de mal humor.

Fué lúgubre la comida. La señora no comió, empeñada en la batalla con la mosca de su idea primera, que había vuelto a acometerla, y don Pablo dió satisfacción al estómago con dos cucharadas de sopa, preocupado también y triste. Recogióse temprano misia Casilda, y sin desvertirse, pasó la noche en la sillita baja, delante del nicho vacío de la Virgen. Quilito no había salido, y esto la tranquilizaba, pero desesperábase de que la hora fatal estuviera tan próxima, y ella no hubiera encontrado más recurso que aquel descabellado, que le había venido a la imaginación, y que desechaba como impracticable y humillante.

—La Virgen ha de iluminarme—decía;—ya lo sabes, madre de mi alma: novena y misa cantada; ¡se trata de él, de nuestro orgullo, del que ha de ser nuestro sostén mañana! A Pablo no le diré nada, hasta no ver, ¿a qué darle un disgusto? y él, me parece, que huele algo... ¡ay, Dios mío! ¿qué es eso? ¡qué ruido tan extraño! el corazón me ha dado un salto... Debe ser el gato, que ha tirado alguna maceta, en el patio... ¡Tanto hablar de tiros y desatinos esa criatura! no estoy tranquila; quisiera llorar y no puedo. ¡Otra vez eso! ¡qué pesadez! y es un disparate, un solemne disparate... ¿A dónde, a dónde ir? No sé, me parece que todos van a recibirme como misia Petronila... Claro, apenas comprenden de lo que se trata, se encapotan y sacan el cuerpo con mucha urbanidad... Esto de hacer la pedigüeña no es para mí, ¡no es! y es preciso, sin embargo: cuando la necesidad habla, el amor propio se echa a la espalda. Si Pablo... ¡pero, qué! con las cuentas de sastres y zapateros de ese niño aturdido, ha molestado tanto al Habilitado, que no quiere éste adelantarle ya nada; todavía, si fuera una suma pequeña... ¡Señor! ¡Señor! ¿estaré condenada yo a pasar por tanta vergüenza?