Amaneció, y la nueva luz encontróla en la sillita baja, pensativa.
—Hoy es día de San Juan—dijo abriendo los postigos,—¿qué presente nos reservará?
Durante las primeras horas de la mañana, ocupóse en las tareas de la casa; a golpes de plumero perseguía el polvo, y cada golpe parecía descargarlo sobre la idea, que no la abandonaba.
—Es estúpido esto que se me ha metido aquí: si antes de las doce no se me ocurre otra cosa, no sé... yo tengo confianza en la Virgen; ella ha de hacer un milagro.
A la hora del almuerzo, Quilito tampoco pareció. Pampa dijo que le había visto salir, y misia Casilda imaginó que habría ido a buscar recursos por su lado, a pedir otra prórroga quizá... Entonces, antojósele que lo mejor, lo más hacedero, era irse directamente a ese señor de Portas, y arrancarle la concesión de un nuevo plazo prudencial para efectuar el saldo del maldito pagaré: ¡veinticuatro horas de prórroga importaba quizá la salvación! Esto es; prontito, a casa del señor Portas, que lo que es elocuencia para convencerle y lágrimas para ablandarle, no le habían de faltar. ¡Caramba! no haberlo pensado antes... Día de fiesta era, y don Pablo Aquiles, que estaba de morro y no quiso almorzar, se fué a dar su paseo; la campanada de las diez y media sonó en el reloj del comedor, y la señora se cubría ya con el velo y el mantón, cuando el llamador de la puerta de calle se hizo oír con grave redoble.
—¿Quién?—preguntó Pampa acercándose a la reja;—señor no estando; niño, tampoco.
Misia Casilda, en el umbral del gabinete, se asomaba, por la curiosidad de saber quién era...
—Que pase ese caballero, Pampa; déjale pasar.
La india abrió y don Raimundo de Melo Portas e Azevedo entró en el patio, saludando, la chistera tornasol en la mano; en vez del levitón legendario, llevaba ahora un sobretodo de pelo rizado, de estos color de ceniza, que no muestran la porquería...
—No le conozco—se dijo la señora;—pero, a esta hora y con esa facha, viene por Quilito: debe ser un acreedor. ¡Que la Virgen nos asista!