Pasó a la sala, donde el insigne portugués estaba ya instalado, en un sillón de seda amarilla, gastadísima, con los flecos deshilachados.
—Muy señora mía...
—Servidora de usted...
Al nombre de Portas, misia Casilda se animó.
—¡Ah, es usted el señor de Portas! Pues precisamente iba yo a su casa ahora.
—¿De veras?—exclamó don Raimundo, sacando los dientes en una sonrisa,—el señor Vargas la había encargado entonces... a eso venía yo también; aquí está el pagaré, vencido el 22 y que hoy debe ser saldado.
De una cartera de cuero, sacó el papelucho y lo presentó, haciendo el amable.
—Así la evito a usted una molestia—repuso;—dígnese fijarse usted señora, si es ese el documento, porque tengo unos ojos...
Misia Casilda decía:
—¿Molestia? no, señor, al contrario.