Tomó el papel, sin saber qué hacer.
—Sí—dijo,—éste es; treinta mil nacionales, y aquí está la firma, Aquiles Vargas...
—Debajo, debe estar la de don Bernardino Esteven.
—¿Qué dice usted?
—Sí, señora, del fiador; el señor Esteven ha garantizado la firma de su sobrino.
La señora sintió un desvanecimiento tan grande, que creyó iba a perder el sentido. ¡Esteven fiador de Quilito! Una de dos, o el joven mantenía relacione con sus tíos, de tapadillo, o aquella firma era falsificada; si lo primero, ella conocía a don Bernardino y no creía que su generosidad llegara a tanto, aunque estuvieran en los mejores términos con el joven, luego... No veía bien, no respiraba bien; un sabor muy amargo la envenenaba la boca.
—En efecto—balbuceó haciendo un esfuerzo,—aquí está también la firma de... ese caballero.
Se calló, mirando atontada el papel, que conservaba en su mano temblorosa; don Raimundo, apoyado en el bastón, la chistera sobre las rodillas, esperaba. Y viendo que misia Casilda no daba muestras de aflojar los monises, el portugués se alarmó. ¿El señor Vargas no había dejado nada para él? porque estaban a 24 de junio, término de la prórroga; si el pagaré no lo saldaba el señor Vargas, en cumplimiento de su compromiso, se vería él en la dura necesidad de presentárselo al fiador, a Esteven.
—No, no—exclamó la señora, agitadísima,—se pagará, sí, señor; mi sobrino sabrá hacer honor a su firma y no tendrá usted que recurrir al fiador, no, no.
—Lo decía, porque, como yo tengo otras cuentecitas que arreglar con el señor Esteven, no había más que incluir ésta con las otras...