Hasta sonreía la infeliz señora, ansiosa de calmarle, de inspirarle valor y confianza.

—Pero, tú me has de ayudar, ¿eh? En primer lugar, no haciendo tonterías y abandonando esas ideas de desesperación, que Dios condena; luego, viendo por ahí... tú tienes amigos ricos, relaciones influyentes: no desanimes, hijo mío...

El joven dijo que había visto a muchos amigos, pero sin resultado; ¿quién presta, sin garantía, treinta mil nacionales? Y misia Casilda, recordando a la de Barrientos, contestaba que, efectivamente, muchas veces los mejores amigos son los primeros en dar el esquinazo, y que vale más dirigirse a los extraños; pues, por dejar de pedir no quedaría, y si el medio supremo, el suyo, no resultaba, se hipotecaría la finquita o se vendería: con el producto bien podía pagarse al señor Portas y a alguno de los demás acreedores, pues si la casa, vieja, no valía gran cosa, el terreno, por el sitio, valía mucho.

—¡Ahora!—arguyó Quilito desalentado,—¡imposible!

—¿Y por qué no? todo está en buscar comprador... conque, hijo mío, manos a la obra; tu vieja tía ha de salvarte.

Se oyó el golpe del bastón de don Pablo en las losas del patio y sus pasos mesurados; Quilito se arrancó de los brazos de la tía y huyó por las habitaciones interiores, trepando la escalerilla de su cuarto, donde se encerró con doble vuelta.

—¿Quién estaba en la sala, Casilda?—preguntó don Pablo Aquiles deteniéndose junto al aljibe.

—Nadie—contestó la señora,—yo sola.

—¿Así, de velo y mantón?

—Es que voy a salir.