—¿A dónde?
—Entra y te lo diré.
Penetró don Pablo en el comedor, y sin quitarse el sombrero ni el abrigo, muy risueño, sentóse en el sillón de costumbre, y mirando a su hermana, dijo:
—Adivina la gran noticia que traigo...
—No sé...
—He encontrado al oficial mayor en la calle; ¡qué casualidad! y me ha sorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto sucedería: asómbrate, ¡el ministro Ensene ha renunciado!
—¿De veras?
—De veras, parece mentira, ¿eh? pues, sí, señor, el hombro ha caído, y vergonzosamente, como tenía que suceder; si le dejan un día más en el Ministerio, se lleva hasta los clavos de las paredes. Ahora sí que van a empezar a descubrirse las picardías, hija.
—Por mí, que se descubran; como no han de hacerle nada... ¡todavía si fuera, para atarle codo con codo y mandarle a presidio! pero ya verás como echan tierra al asunto.
—De esta vez, ciertos son los toros: caído Eneene, la ruina de Esteven es segura; ¿no ves que era el compadre que le sostenía? Ahí decían que en la liquidación última de la Bolsa, de la que Esteven salió tan comprometido, el ministro le había echado un cable para salvarle, pero, lo que es ahora, el cable se ha roto y mi hombre se hundirá y ¡laus Deo! que bien ganado se lo tiene.