—Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de creerlo...
Y cambiando de tono, temblándole la voz, añadió:
—Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave.
Don Pablo la miró, y echó de ver entonces que había llorado, que estaba pálida y tenía los labios blancos.
—Habla, Casilda, me asustas, ¿qué pasa aquí? ¿dónde está Quilito? ¿a dónde ibas?
—Tranquilízate; Quilito está en su cuarto... Yo no quería darte este disgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave, tan grave que... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay, aunque te rompas la cabeza buscándolo... Es una humillación para nosotros, lo comprendo, pero, ¿qué hacer, cuando la honra y la vida de Quilito están de por medio? Si me ves así, Pablo, es que voy... es que voy... a casa de Esteven.
El rayo había caído, y sin embargo, don Pablo Aquiles vivía, sentado en su sillón, paseando sus ojos atónitos de misia Casilda, inmóvil, a las cigüeñas de la pantalla, mudas confidentes de sus cavilaciones, y en esta mirada parecía preguntarles qué era aquello, qué significaba, aquello, porque él, francamente, no lo comprendía...
IX
—Explícate, Casilda, explícate—dijo ansiosamente.—¿Estás tú loca o estoy yo idiota?
Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes emociones.