—¿Esta es la mayor, Gregoria?
—Sí—contestó la de Esteven,—la mayor.
—Y a Angelita, ¿no la conoce usted, tía Silda?—intervino la niña, viendo que el silencio volvía.
—La conozco, sí, de vista.
—La llamaré...
—Déjala; no quiero molestarla.
—Voy a llamarla.
Y escapó. Las dos hermanas, solas ya, mirábanse de reojo.
—¡Qué tiempo tan hermoso!—dijo la de Vargas.
—Muy hermoso—repitió la de Esteven,—no parece de invierno.