—No parece, no... de modo que... ¿se van ustedes al Frigal?

—Sí, nos vamos al Frigal.

Esto dió pie a misia Gregoria para hablar de la situación, de cómo estaba todo, los alquileres por las nubes... luego, ¡la dichosa Bolsa! El que entra allá, sale sin pellejo. Así es, que se iban a la estancia, a reponerse; lo que no le daba vergüenza confesar, porque no era ella la única...

—Si es la peste que tenemos encima—apoyó misia Casilda,—no sé nosotros lo que haremos, sin estancia dónde refugiarnos... pero felizmente, hasta ahora no nos podemos quejar.

Nuevo silencio, que una y otra interrumpían para decir una frase vulgar sobre la vida del campo, el trabajo que da una mudanza... La de Vargas pensaba:

—Ni una palabra me ha dicho de Pablo, ¡qué mala es!... y tanto hablar de su estado de fortuna: sin duda teme que yo le pida algo; me guardaré bien de hacerlo. ¡Ay! ¿por qué habré venido?

Y la de Esteven:

—¡No me ha preguntado por Bernardino! ¡qué rencorosa es!... he de insistir en lo de nuestra ruina, porque viene a pechar... ya me ha echado una indirecta sobre la estancia.

Vino Susana con Angelita, y ésta, desgreñada, mordiéndose las uñas, se paró delante de misia Casilda, con aire de pifia...

—Esta es Angelita—dijo Susana risueña, presentándosela.—Abraza a la tía Silda, Angelita.