—Ven, monina; ¡qué pícara es! tiene tus ojos, Gregoria.

La besó, y la muchacha, en vez de devolver la caricia, soltó una carcajada estridente.

—¡Ah! la tía Silda, ¡ja, ja, ja, ja!

Y salió del cuarto riendo y haciendo cabriolas.

—Es una loca—observó misia Gregoria,—está furiosa porque nos vamos al Frigal, ¡figúrate!

Susana, avergonzada, dijo que la hermanita era una muchacha sin juicio, de la que no podía sacarse partido; Jacinto era otra cosa; no estaba allí en aquel momento, si no le llamaría, para que la tía le conociera y viera qué serio y qué hombre estaba.

—Papá se fue ayer a Montevideo—añadió la niña,—y no vuelve hasta la semana entrante, que se irá al Frigal con nosotros; él va a sentir mucho no haberla visto, tía Silda...

La de Vargas movía la cabeza, con una sonrisa forzada en los labios pálidos.

—¡Ah! está en Montevideo... ¡Ah! sí, en Montevideo.

Y misia Gregoria, con indiferencia estudiada, explicó que Esteven se había ido por sus negocios: un paseo de ocho días y nada más. Este nombre, torpemente lanzado por la inocente niña, acabó de helar la entrevista, ya de suyo glacial; misia Casilda esperaba el momento de poder levantarse, y misia Gregoria deseaba impaciente verlo llegar. Las miradas de reojo decían ahora: la de Esteven: