Ya en la calle, misia Casilda no supo adónde ir; estaba tan quemada de la conducta de Gregoria, que se asombraba de su propia paciencia: cómo había soportado en silencio el par de bofetadas con que la obsequió al entrar, sobre todo aquel ahora te acuerdas, que llevaba más filo que un puñal florentino; y luego el aire, la cara, el tono, cual si le debieran y no le pagaran... ¡Valiente papelón había hecho, y todo para salir como rata por tirante! ¡Qué candor el suyo de creer que iba a conmoverse Gregoria con solo verla, que iba a sentirse tocada en el corazón ante aquel acto de nobleza! Si en Gregoria no había que buscar más que a la hembra y a la madre, pues fuera del instinto ciego por su hombre y por su prole, no se encontraban en ella rastros de otra clase de sentimientos, y esto habíalo probado muchas veces y acababa de comprobarlo ahora. ¡Ah! si el pagaré falsificado llegaba a sus manos, la suerte de Quilito estaba jugada; felizmente, Esteven había marchado a Montevideo... Esto daría algún respiro, un plazo de ocho días era mucho en las presentes circunstancias; entretanto, se buscaría con linterna un comprador para la casa, o se harían diligencias para hipotecarla... Pero, esta pálida esperanza no podía endulzar el trago amargo que la señora acababa de pasar: sus mejillas de muñeca brotaban fuego, y la ira contra sí misma por haber cedido a aquella idea de reconciliación tardía y de fines interesados, se mezclaba a la que sentía contra su hermana, tan orgullosa en la misma desgracia; si llega en otro momento, y pide, la hubiera recibido de idéntica manera y despedido con un no tan frío, como aquel adiós, que parecía un puntapié.
—Y yo callada—decía misia Casilda, caminando sin rumbo,—como si no tuviera lengua para decirle cuatro frescas; se me han quemado los libros: cuando comprendí que mi visita era inútil, debí erguirme y tratarla de igual a igual; ¿a qué humillarse? Creo que me he contenido porque estaba delante aquel ángel, que no parece hija suya, si no... nos hubieran oído los sordos, señora Gregoria... a Pablo no le hablaré jota de esto, porque se enfermaría, y con razón, como voy a enfermarme yo, de seguro... pero, ¿a dónde voy? no sé, no sé... a casa no me vuelvo así, con las manos vacías; mi gran recurso ha hecho fiasco. ¡Dios mío! estoy tan desesperada, que me arrojaría bajo ese tranvía que pasa... Yo pienso que estos golpes de la vida la endurecen a una el corazón: estoy contenta, sí, señor, de que haya tronado el ladrón de Esteven. Dios castiga sin piedra ni palo: toma, toma... a comer cardos al Frigal ahora... ¿a dónde voy? ¿a dónde voy?
Se acordó de míster Robert. Muchas veces le había oído a Quilito ponderar aquel hombre, elogiando su honradez, su contracción, su inteligencia; y cuando ella lo sacaba de ejemplo, estimulándole a imitarle, el joven hacía burlas.
—Si eso no sirve para nada en el comercio, tía; hoy el que no es vivo y no sabe pasar por todo, con arte, se fastidia: míster Robert, por culpa suya, no ha de caer, pero le empujarán por detrás, y le tirarán de cabeza, por zonzo, usted lo verá.
Ella, escandalizada de tales teorías, le zurraba de firme, con aquel látigo de la moral casera, que tan bien sabía manejar... Puede ser; míster Robert la auxiliaría con algún consejo, si le encontraba en el escritorio, que no le encontraría quizá, por ser día de fiesta. Dirigióse a la calle Piedad: ella sabía que el escritorio estaba al lado de una tienda de juguetes y de una agencia marítima, pero pasó y repasó sin dar con él: miraba las tablillas de las puertas y no veía el nombre de Esteven... Aquí está la juguetería, cerrada; aquí está la agencia, cerrada; ¿será esta? habían sacado las tablillas, pero la puerta no parecía cerrada: empujó, y en la mampara de pino, imitando la caoba, vió una chapa de porcelana con letras negras, que decía: Esteven y Compañía. Aquí es... La señora entró.
Tres hombres había en el escritorio: uno, muy rubio, montado a caballo sobre un banco alto, y dos, de barba, con los sombreros puestos, paseando. Y el rubio decía:
—Esta es la situación: yo fuí y le hablé claro al padre y le mostré el estado de la caja y de los libros: un pasivo de doscientos cincuenta mil nacionales. Empeñarse en seguir era locura, porque en vez de ponernos a flote, íbamos a hundirnos más, y con el capital a perder el crédito, es decir, el mío, que el del socio ya andaba por los suelos, desde que su nombre salió en la pizarra de la Bolsa, por no poder pagar... Ese día, yo me resolví a la liquidación; felizmente, Esteven ha estado muy razonable, lo confieso, y bien pudo no estarlo en medio de sus compromisos, haciéndose cargo de la mayor parte del pasivo; pero, cincuenta mil nacionales para mí es mucho, es todo, es la ruina otra vez... ¡y va la tercera! Si esto es justicia y vale ser honrado, para hacer el papel de víctima siempre, que venga Dios y lo vea...
—¿Y usted cree que los bienes de Esteven alcanzarán a cubrir los créditos?—preguntó uno.
—Eso mismo se ha discutido en el concurso de acreedores—respondió míster Robert,—y hasta se piensa que sí... Es indudable que, sin la salida del doctor Eneene del gabinete, Esteven se hubiera repuesto pronto: todos sabemos sus afinidades oficiales y el uso que hacía de ellas, pero este golpe ha acabado de partirlo.
—El viaje a Montevideo me huele a mí a fuga—dijo el otro.