—Volverá o no volverá, pero los bienes responden de sus compromisos y los acreedores no se preocupan de su salida de Buenos Aires; lo que sí puedo asegurarles a ustedes es que el famoso don Bernardino es tipo de volver a dominar la plaza; ya le veremos entrar triunfante, de nuevo.

—¿Y usted, amigo Robert?

—No sé todavía... ni quiero pensar lo que haré... iré a cavar la tierra, ¿no es mejor? ¡Ah! ¡la Bolsa, la Bolsa! no la pizarra, las columnas hubiera querido yo arrancar, como Sansón, para hacer desplomar el templo maldito...

Misia Casilda, que había entrado sin ruido, parada junto a la mampara, tosió para llamar la atención: el inglés saltó del banco y vino a ella.

—Señora...

—No se moleste usted, volveré más tarde...

—¿A quién tengo el honor...?

—Soy la tía de Aquiles Vargas.

Ya los otros se despedían.

—No faltarme esta noche—dijo míster Robert,—hoy es el santo de mi padre, y mal que mal, lo celebraremos con pasteles hechos de manos de mi mujer.