Salieron los dos, y el ex socio de Jacintito condujo a la señora al sofá.
—Usted dirá, señora...
—Pido a usted mil perdones, caballero, si he venido a importunarle, pero, usted conoce a mi sobrino, y por él conozco yo sus cualidades recomendables...
Misia Casilda, francamente, no sabía cómo exponer el asunto que la llevaba, de modo que lo entendiera míster Robert y el buen nombre de Quilito no sufriera menoscabo.
—Esto es una consulta de médico, más bien—insinuó sonriendo tristemente.
Dijo que a él acudía, como hombre práctico en negocios, y perdiéndose en un laberinto de circunloquios, explicó a su manera el apuro en que se encontraba: un pagaré a saldar al día siguiente, una casa con qué hacer frente a este saldo y un comprador que faltaba, ¿qué podía intentarse? El caso era grave.
—Y tiene todos los síntomas de la peste actual, señora—observó míster Robert;—lo malo está que la botica grande, es decir, los Bancos, no despachan ya. A su sobrino de usted se lo advertí que tuviera cuidado con el contagio...
—¿Y yo, señor Robert? he gastado más saliva...
—Tanto andar con el apestado del primito...
—Eso es, ¡los amigotes! Así se lo decía hoy a mi hermano; pero, en fin, señor Robert, espero que usted me dará un consejo o una información que me sea útil; yo quiero vender esa casa, o hipotecarla o darla en garantía de préstamo, ¿es posible esto en las veinticuatro horas?