—Señora, hay casos, como éste, en que la sangría está indicada: acuda usted a los prestamistas particulares, a don Raimundo Portas, y no cito más que uno, que tiene una lanceta y un pulso de operador admirables.

—No, don Raimundo Portas, no—exclamó misia Casilda con alarma poco disimulada.

—¿Por qué no ve a Rocchio, el corredor?

—No, Rocchio, no—dijo la señora, rechazando este nombre con igual alarma que el primero.

—Pues, entonces, voy a darle una tarjeta mía para un capitalista (a usted le parecerá mentira que en esta época exista pájaro tan raro) de mi conocimiento: es un hombre que tiene su capital saneadito, pues no se ha metido en especulaciones, y compra ahora a bajo precio todas las propiedades que puede acaparar; la mía, lo único que poseía, ha pasado a sus manos así, en venta particular y por una suma irrisoria; debo prevenirla, pues, que la operación será dolorosa.

—A todo estoy preparada, señor Robert—contestó misia Casilda suspirando.

Y el inglés fué a extender la receta, como decía él con amarga ironía y la entregó a la tía de Quilito.

—Calle de Santa Fe—leyó ésta;—lejitos es; tomaré el tranvía. Señor Robert, muchas gracias...

Despidióse a estilo vulgar, con ofrecimiento del domicilio y de sus servicios, y salió con más ánimo. ¡Qué trotar aquel día la infeliz señora! No alcanzó el tranvía, y se fué a pie, porque tampoco halló coche, y después de media hora de caminata, llegó a la casa indicada, y tocó el llamador: nadie; subió la escalera de caracol, y en el primer descanso, dió dos palmadas: silencio siempre; derrengada casi, sin alientos, siguió subiendo, y allá arriba, campanilleó largo rato, hasta que salió un chico, con cara de Judas, y dijo que el señor no estaba. ¿A qué hora volvía? muy pronto, si quería esperar, que esperara. No había banco en el recibimiento, y como el condenado aquél no la invitó a pasar, misia Casilda se sentó en un tramo de la escalera; ¡ganas de llorar tenía! ¡con tal que pudiera entenderse con aquel hombre! Esperó mucho tiempo, envuelta en el mantón, conteniendo las lágrimas, suspirando, ya de angustia, ya de impaciencia, y se colgó otra vez de la campanilla, y el Judas salió y con modos dignos de su catadura, dijo que no había nadie en la casa, y que si venía por limosna, que podía marcharse, porque el patrón no la recibiría.

—No, hijo—contestó la señora con blandura,—no vengo a pedir limosna. ¿Tengo yo facha de pordiosera? Si el señor no está, dime dónde puedo encontrarle, porque necesito verle con urgencia.