—Nada—contestó él sombríamente.

Entraron en el comedor y se sentaron: la lámpara brillaba en medio de la mesa, tendida ya con la prolijidad de siempre. Y don Pablo contó el empleo de su día:

—De aquí, sin querer ver a ese desventurado niño, porque no podría verle, Casilda, no podría verle... ¡me ha destrozado el corazón! me fuí en busca del habilitado y del subsecretario y les dije no sé qué: hasta creo que he llorado... Mi intención era pedir un adelanto que, unido a lo que tú has recaudado con las alhajitas, pudiéramos ofrecerle a ese caimán de prestamista, que ya se contentaría con una parte ahora... y si no se contentaba, menudo escándalo le armaba yo, por andar en semejantes tratos con menores de edad; pues nada, hija; me hicieron tanto caso, como a un perro: que no podía ser, que la acefalía del Ministerio... ¡Mira por donde vine a lamentar no estuviera Eneene en su poltrona! Entonces hablé a un ricachón que yo conozco, y a uno de estos que comercian con los sueldos de los empleados, pero, como me veían con la soga al cuello, me hicieron tales ofertas que, de aceptarlas, estaría condenado a trabajar para ellos, viviendo del aire, unos dos años... y me he vuelto, corrido, desesperado, porque, la verdad, hay que salvar a ese muchacho... la cosa no tiene vuelta. Y tú, ¿dónde has estado?

Tocóle a misia Casilda el turno de relatar su odisea, y lo hizo a tropezones, balbuciente, temerosa de delatarse ella misma con sus reticencias o sus rodeos.

—Pues, yo, Pablo...

Insistió sobre su consulta a míster Robert, elogiando su amabilidad y su tacto: a la verdad, el único resultado obtenido era la recomendación del inglés para aquel individuo, que nunca estaba en su casa... pero se guardó bien de aludir remotamente siquiera a la entrevista desgraciada con la hermana, con Gregoria. No lo decía y esquivaba la mirada de don Pablo, porque estaba segura que, si sus ojos se encontraban, entregaría su secreto sin resistencia; y don Pablo la preguntaba, la apuraba, espiando sus gestos, desmenuzando el sentido de sus palabras, cual si sospechara que algo había oculto y no quería mostrársele. Por último, cara a cara, hizo la pregunta, a quemarropa:

—Pero... en casa de Esteven, ¿no estuviste?

—¡No, no, no he estado!—contestó con aplomo misia Casilda.

Y cada una de estas negaciones, la reforzó con movimientos enérgicos de cabeza. Turbada, sin embargo, se levantó a desprenderse el velo, dando la espalda al hermano, por temor de que sus colores la vendieran; y se puso a mover platos y copas para mejor disimular.

—Has hecho bien—decía don Pablo Aquiles,—te aseguro que me has tenido con el alma en un hilo, de pensar que irías... ¡imagina! después de veinte años, separados por un rencor cada vez más vivo, presentarse así, de sopetón, a pedir, ¡porque tú ibas a pedir, Casilda! no te hubieran dado nada, hija, y habrías sacado lo que el negro del sermón, ítem más, el amor propio herido.