—¿Digo yo lo contrario, Pablo? Pero la desesperación me excusa de haber... tenido la idea, porque, no ha sido más que una idea loca, de ir a casa de Esteven; ¡hacerme yo ilusiones de Gregoria!

—Entretanto...

—Entretanto, Pablo, es preciso pensar, buscar: mañana vence el plazo, ¿ves? esta noche debieras ir tú a casa de ese aprovechado capitalista, que dice míster Robert: de noche será fácil encontrarle, si no, Pablo, no sé, no sé...

—¡Iré, ya lo creo que iré! ¡todo, todo, menos eso!

Misia Casilda pasó a su cuarto, impotente ya para seguir fingiendo, y echada en el reclinatorio, delante del nicho desierto, lloró largo rato...

—No, no se lo diré, porque se moriría... felizmente, nada le pedí a Gregoria, nada, pero, aun así, ha sido humillante mi visita... ¿qué no haría yo por salvar a Quilito? ¡y si no se logra tapar la boca al portugués, no le salvaremos, no! ¿Cómo he de estar yo tranquila, si sé que la honra de nuestro apellido anda en juego? ¡Madre mía, aunque te halles ausente ahora, tú me oyes, no nos desampares!

Trataba de ahogar los sollozos y no podía; don Pablo Aquiles la sorprendió así, y, aunque afligido, hizo la comedia de que se enfadaba, por lo flojas que son estas mujeres, que todo lo abultan y ennegrecen.

—Vaya, mujer, no te pongas así; con lloriqueos no vas a remediar lo que está hecho. Si para mañana no tenemos el dinero suficiente, yo me encargo de amansar al prestamista: y en último caso, hija, le ofrecemos la finquita, aunque vale más del doble; que la venda y se cobre o que se quede con ella y se la coma entera; en cuanto a Quilito, déjalo por mi cuenta: en adelante, a sus estudios, y a llevar vida de pobre... No seas tonta, no creas en eso de tiros y puñaladas: todos los muchachos dicen lo mismo, cuando algo les contraría. ¡Cuántas veces me he suicidado yo, así, de boca!

La obligó a levantarse y llevóla al comedor, diciendo jovialmente, para darle ánimo, que tenía mucho apetito, ¿qué menú había? Como día de San Juan debía haber algo de extraordinario; la señora, silenciosa, se entretenía en arreglar el cubierto del niño, mirando el lustre del cuchillo, los dientes del tenedor, palpando el pan, a fin de verificar si estaba tierno o no... Don Pablo paseaba, vuelto a su sombría preocupación... En la chimenea el viento soplaba lúgubremente... Pampa entró, preguntando si servía la comida.

—¿Está el niño arriba?