—No, señora.
—¿Cómo? ¿ha salido?
—Sí, señora.
—¿Lo oyes, Pablo? Quilito no está en casa.
—Ya volverá, hija...
—Bueno, le esperaremos.
El corazón se le había oprimido tanto, tanto, que no podía respirar; fué a la puerta del patio interior y miró a ver si había luz en el cuarto de Quilito, y estuvo mucho tiempo, con la frente sobre el vidrio helado, en la otra que caía al patio principal, y de donde podía verse el zaguán y la calle: las seis, las seis y media, las seis y tres cuartos...
—¿Qué hora tienes, Pablo?
Cuando él decía la hora justa, ella suspiraba y el corazón se la oprimía más, todavía más; pasó a la sala, abrió la ventana, y a pesar del frío, se estuvo asomada, espiando el paso de los transeuntes.
—Ahí viene alguien, ¿será él? parece que se detiene... no, sigue; ahí viene otro, pero pisa más fuerte que él...