—Aquí hay un papel—saltó de pronto la señora.

—¿Qué?... ¿dónde?

—Aquí, en la almohada, prendido con alfiler.

Se abalanzaron a la almohada, pero ni don Pablo ni misia Casilda podían desprenderle, tal temblor les entró a los dos; cuando lo tuvieron delante de los ojos, no podían leer, porque el susto les cegaba.

—Lee, Pablo, que mis ojos no distinguen nada.

—Lee tú, más bien, hija, tengo la vista nublada. Vete, Pampa, aquí estorbas.

Cuando la india se marchó, don Pablo Aquiles, más muerto que vivo, se acercó a la luz, y trató de descifrar lo que había escrito, pero no podía, no podía...

—Casilda, ven, ven...

La entregó el misterioso rótulo, y se sentó en el borde de la cama, embobado, mirando en silencio a la hermana. Y entonces, cual si vinieran del otro mundo, acompañadas del viento que gemía en la puerta y sollozaba en la ventana, se oyeron estas palabras, que los labios de misia Casilda pronunciaron gravemente: ¡Padre mío! ¡tía de mi alma, perdón!... El papel cayó al suelo, y el padre y la tía, como hipnotizados, no se movieron... De pronto, la señora dió un grito y se arrojó sobre don Pablo, enloquecida... Correr a la calle, a la policía y dar parte; quizá se estaba en tiempo aún, quizá podía evitarse la horrible desgracia. ¡Quilito muerto! no, ni pensarlo: ¡Dios no sería tan cruel, la santísima Virgen de Luján no lo permitiría! Lloraba, hablaba, se revolcaba en la cama del querido niño, besando las almohadas, estrujando las sábanas: que fueran a buscarle, que se le trajeran, pronto, pronto, pronto... Don Pablo, ahogado, ensayaba calmarla: no debían interpretar así el papel, porque era muy natural que Quilito pidiera a su padre y a su tía por escrito, el perdón que no se atrevía a pedir de viva voz; decía simplezas como ésta, tartamudeando, y después de vano esfuerzo, concluyó por llorar él también, abrazado a los hierros del lecho.

—Pero, ¿no te mueves?—exclamó misia Casilda,—corre, vuela a la policía, no pierdas tiempo.