Le arrastró, y dando traspiés, como ebrios, salieron los dos, bajaron la escalerilla atropelladamente.

—¡Quilito! ¡Quilito!—clamaba la señora.

A sus lamentos, acudieron Pampa y la genovesa... En el comedor, la tía Silda echó sobre los hombros de don Pablo el sobretodo, le puso el sombrero de través, y le dió el bastón, por la contera.

—Te vas a la policía—recomendábale sofocada,—y le hablas al jefe, al mismo jefe... y que le busquen, que le busquen... ¡Dios mío! ¡todo el tiempo que se ha perdido! ¡ya estará muerto, muerto! yo voy a salir también, a recorrer las comisarías, y las calles... Vete, vete.

Don Pablo dejaba hacer, como un maniquí, sin hablar. Y a empujones, la hermana le echó fuera. Pero, no había dado un paso en el patio, cuando alguien llamó a la puerta, y luego a la reja, con tal apresuramiento, que daba a entender la prisa que se traía.

—¡Quilito! ¡Quilito!—gritó la tía, corriendo desaforada al zaguán, en la esperanza que fuera el querido niño...

No, no era Quilito: era un hombre alto, con muchas barbas, era Agapo.

—Tú traes noticias de él—exclamó misia Casilda,—dime, dime, ¿dónde está?

El filósofo, turbado, balbuceó que no sabía nada, que no traía ninguna noticia...

—Sí, sí—insistió la señora,—te lo conozco en la cara; vienes pálido, con los ojos hinchados... y sin embargo, no estás borracho, no.