Abrió, y entró la india, diciendo que venía a arreglar la pieza, pero él quiso despedirla, porque ya no valía la pena.

—Mira, deja las cosas revueltas como están, y vete.

La tomó del brazo y empujóla hacia la puerta; ella se resistía, mirando al joven con sus ojos extraños.

—Niño no queriendo Pampa—dijo pronunciando lentamente, con la singular entonación que acostumbraba,—niño pegando ayer Pampa, ¿por qué?

—Porque eres muy mala y desobediente.

—¿Qué queriendo decir desobediente?

—¡Qué gracia! desobediente es aquella persona que no hace caso de lo que se le manda.

—¡Ah! ¡Pampa haciendo siempre caso! ¡Pampa estando muy triste... anoche soñando que madre haber muerto! ¡cristiano matando con cuchillo muy largo... yo queriendo morir también!

¡Pobrecilla! con las manos, deformadas horriblemente por los sabañones, restregábase los ojos, haciendo ese hipo lastimero del niño que va a llorar; Quilito, compadecido, la acarició los pelos cerdosos, irreductibles a la disciplina de la peineta.

—No llores, tonta, que eso que has soñado es una mentira muy grande; todo lo que se sueña es mentira, ¡te lo digo yo! tu madre está sana y buena, y un día de estos vendrá a verte. ¿Por qué crees que yo no te quiero? ¿no te acuerdas que el día aquel que llegaste en ese vapor, fuí yo con tiíta a buscarte y te regalé confites?