—Sí, sí, ese día quitando madre Pampa, y hermanitos... ¡Pampa no verles más!

—Bueno; si te he dicho que has de verles pronto... no llores así, que te pones muy fea... y después te he enseñado a leer, y a escribir y a contar: si no sabes bien todo esto, es que no eres muy despejada... Y para probarte que el niño te quiere, voy a regalarte una cosa.

Súbitamente, la india dejó de gimotear.

—¿Ves este álbum? todo llenito de figuras: pues te lo doy, para que te acuerdes del niño y seas buena y aplicada; te lo doy, con una condición: que has de ser fiel y sumisa para el señor y la señora, que te visten, te alimentan y te educan... que los cuidarás bien, si se ponen enfermos... ¿me lo prometes?

Pampa dijo que sí con la cabeza y recibió el álbum, muy sorprendida de ver llorar al niño.

—Ahora, vete, vete.

La india salió, con el cuaderno bajo el brazo, la cara de bronce inundada de lágrimas y mocos, que ella limpiaba a lengüetadas, mientras bajaba la escalera; Quilito, en la ventana, la miraba.

Este incidente le había conmovido; bien es verdad, que su corazón desbordaba de amargura en aquel momento supremo.

—Me ha hecho llorar esta criatura; ¡pobre Pampa! ahora me duele haberla pegado ayer, tan injustamente... ¡qué hermoso día! para estar alegre, para ser feliz... No saldré hasta que tiíta no salga, si no, me atajaría en el patio, y me molestaría a preguntas, y quizá, no me dejaría marchar, de miedo... y va a salir, porque desde aquí la veo en el comedor, de velo puesto... hasta les oigo hablar, aunque no distingo lo que dicen: ¡esto es lo que más me aflige! ¡si yo no lo merezco, viejecitos de mi alma, que así os preocupéis por mí! soy un miserable, indigno de vuestro cariño, que no he sabido hacer vuestra felicidad, como era mi deber; ya lo veréis: Quilito muerto, quedaréis tranquilos, disfrutaréis en paz de vuestra rentita; y Quilito morirá, porque es un estorbo y una vergüenza para su familia, porque no quiere ser un segundo Agapo, como tiíta lo profetizó con tantísima razón... ¿otra vez llorando?... tiíta se levanta, sale... ya sonó la reja, ya está en la calle, ¿a dónde irá? a poner en práctica el medio de que me ha hablado, a arrastrarse, a cavar la tierra, como ella dice... ¡y por mi culpa! ¡ah! no merezco perdón: lo que he hecho es inicuo... no se moleste usted, tiíta: si el medio, el medio infalible, aquí lo tengo, en el bolsillo. Llegó la hora: me voy, no sea que papá suba y me sorprenda... no puedo respirar, tiemblo como si tuviera miedo, y no tengo miedo, pero sí tristeza, mucha tristeza...

Fué al dormitorio, y de la percha descolgó el sombrero; la vista de objetos que le eran familiares, le causó emoción tan grande, y sobre todo, el papel clavado en la almohada, a manera de fúnebre inri, que se puso a sollozar.