—Es una vergüenza, pero no puedo contenerme: sí, aquí, en este cuartito, he vivido soñando... ¡qué ilusiones! ¡para llegar a esto!... ¡en marcha y tener valor!
Salió, descendió de puntillas y miró por los vidrios de la puerta del comedor a don Pablo Aquiles, de espaldas, sentado; tenía la cabeza sobre la mano, y esta mano pasaba, de vez en cuando, por sus ojos y por su frente.
—¡Sufre, sufre, y por culpa mía! Ya voy a hacerme justicia, papaíto de mi alma; no nos volveremos a ver, pero Quilito no te dará más disgustos. ¡Adiós, papá, adiós!
Atravesó el zaguán, abrió la reja y se fué por esas calles, sin rumbo.
Todos paseaban en aquel día de San Juan, todos estaban alegres, todos parecían felices; los tranvías iban llenos de gente, ávida de respirar, de divertirse, satisfecha de vivir...
—Quisiera hacer como todos hoy—pensaba el joven,—reirme, gozar... ¡parece que soy yo solo el triste y el desgraciado! ¡ay, no! que están mis viejos, que ya no volverán a reír ellos tampoco... ¿por qué he tomado esta calle? iré por el río, es más solitario... pero, antes, pasaré por casa de Susana, quiero despedirme de ella: ¡cuántas veces he seguido este camino! en esta cigarrería entraba a comprar cigarros, en aquella esquina me esperaba el italianito vendedor de diarios: daba luego mis tres paseos frente a la casa de Esteven: ella, en el balcón o detrás de la celosía, me miraba y me sonreía, y así que desaparecía, me iba al escritorio de Jacinto, y después a la Bolsa, ¡la Bolsa! ¿por qué habré pisado la Bolsa? no me vería en la que me veo.
Caminaba muy despacio. Así llegó a la casa de Esteven y el mismo espectáculo que sorprendió a misia Casilda, le chocó a él igualmente.
—Susana me escribió que se iban al Frigal, pero no creía yo que fuera tan pronto... ¡Se va entonces a la estancia! y pobre, completamente arruinada; con qué alegría me lo dice en su última carta: «Ahora que somos iguales, no habrá más obstáculo a nuestra felicidad que la desavenencia de las dos familias, pero de esto me encargo yo.» ¡Siempre la misma, confiando en Dios! bien se ha portado Dios con nosotros, que no ha querido oírnos... Allí está el balcón, por donde ella me aparecía: un changador se ve ahora, triste representación de la realidad... Tú no me ves, Susana, ni puedes oírme, pero, desde aquí, te digo que te quiero, que te adoro: ahí va un pedacito de mi corazón destrozado, ¿sabes? todas tus cartas las he quemado, conforme me indicaste: nadie sabrá nuestros secretos... ¡adiós, Susana, adiós!... vamos, si sigo aquí, concluiré por llorar...
Dió una última mirada a la casa, y marchó más aprisa; atravesó la plaza de la Victoria, y desviando sus ojos de la Bolsa, bajó la barranca que lleva a la estación y entró en los descuidados jardines del paseo de Julio; en un banco apartado descansó un rato, dando vueltas en sus manos al junco, y en su cabeza a la idea de suicidio, que le dominaba.
Echado sobre el parapeto, se entretuvo también en la muda contemplación del río soberbio, de los botes que se balanceaban, de las toscas verdinegras que las aguas iban cubriendo poco a poco; de los pilluelos, desnudos de pie y pierna, que jugaban en la orilla con barquichuelos de papel... En cuchillas sobre la roca, con una larga caña guiaban la frágil armazón que, deslizábase como barco de verdad, hasta tanto el agua no comía su mal blindado casco; así, hacían regatas inverosímiles, distinguiéndose los botes rivales por medio de banderitas de color, enastadas en canutos de paja... En el jardín, correteaban los niños, haciendo de caballitos briosos, duros de boca, dando corcovos y coces... Quilito siguió andando, lastimado de ver reír a todos, y que la decoración de aquella tarde de invierno no estuviera en armonía, con las tristezas de su alma, ¿por qué no se nublaba el cielo? ¿por qué no se escondía el sol? ¿por qué las gentes no cantaban en coro la oración de agonizantes, si él iba a morir? Esta idea de la muerte dábale escalofríos. Ahora poco, había visto un bote de papel, que un golpe de caña hizo zozobrar, y que, sacado del agua y bien escurrido, pusieron a secar al sol; pues al rato, este bote navegaba otra vez como si tal cosa, desafiando a sus rivales nuevecitos... Quizá él cometía una gran tontería en pegarse un tiro, por pérdidas de juego; si todo el que pierde se matara, aviados iban a estar los jugadores. El instinto de conservación, siempre despierto, le soplaba al oído que bien podía esperarse un poco, que la tía, por ejemplo, ensayara el gran recurso que decía: reconquistado el pagaré, lo demás era cosa de poca monta; a Rocchio y comparsa se les pagaría o no, según las circunstancias, y por eso no había de dejar de ser él tan caballero y tan decente como el que más. Fulano, zutano y mengano habían hecho lo mismo, y no se les ocurrió tomar billete para el otro mundo con un pistoletazo; al contrario, ahí andaban tan frescos... Mejor era volver a casa, y ver si tiíta Silda consiguió algo, ¿no dijo que iba a vender la finca? pues con eso había de sobra para arrancar el pagaré del poder de don Raimundo... Eso es, y luego echarse panza arriba, para que los dos viejos, arruinados, le dieran de comer, y le vistieran y le costearan sus lujos, como antes, y meterse de nuevo en la Bolsa, ávido de desquite, para hundirse más en el pantano. El estaba convencido: trabajar, no podía, de ninguna manera; sujeto a un sueldo, sin porvenir, vegetando, aunque no tuviera que mover los brazos, como Jacinto, tampoco...