Quilito, libre, se calmó. Repitió con energía, que lo dicho, dicho estaba: que él no podía volver a su casa, por razones que al tío no le importaban un bledo, pero que si le dejaba marchar en paz, le prometía ser todo lo juicioso posible...
—Si no vas a tu casa, muchacho, ¿a dónde vas?
—A tomar el fresco...
Agapo le vigilaba, y vió que se sonreía, que parecía tranquilo...
—¡Qué bruto eres, Agapo!—dijo Quilito sentándose de nuevo en el caño, para acabar de desorientar al tío;—¿qué te has figurado entonces? ¿qué iba a darme un baño a estas horas? tienes razón: un regaño del viejo me ha puesto así... chocheces y niñadas, por una y otra parte. Y punto final. Cuando se me pase el coraje, volveré a casa... Ahora, se me ocurre darte un encargo, ya que he tropezado contigo: ¿irás esta noche a casa de Esteven?
—No sé...
—¿Irás? la familia no saldrá hasta mañana, quizá, para el Frigal... Vete, pues, y entregas esta carta, en mano propia, a Susana.
—¿Esta carta?
La tomó el filósofo, apenas repuesto, sin quitar ojo del sobrinito, que sonreía siempre.
—En mano propia—recomendó otra vez el joven,—tú vas a verla, Agapo, ¡feliz, cien veces feliz! dile de mi parte... no, no le digas nada; entregas la carta, y te marchas, para evitar preguntas: ahí dentro está todo.