La emoción le dominaba, y sus ojos azules se empañaron. Registró en sus bolsillos y sacó un reloj de níquel, que ofreció al atorrante.
—Quisiera darte el estipendio de costumbre, Agapo, pero no tengo un mezquino centavo; toma esto, y guárdalo, en recuerdo mío, ¡ojalá fuera de oro!
—¿Y por qué has de dármelo, ajo? ¿para pagarme el porte de la carta? no me da la gana: yo te he servido siempre, pues es mi deber de tío, y de tío que te quiere, Quilito; tú y los tuyos habéis compadecido y tratado bien a Agapo: no os habéis burlado de su desgracia, ni avergonzado de su parentesco, como los otros. Por eso os quiero, ¡ajo! y si he recibido de ti los dos nacionales de las cartas a la primita, es porque soy pobre, y comprendía que aquella era una manera delicada tuya de auxiliarme.
—Precisamente; por eso deseo que aceptes este reloj, que quizá no valga dos nacionales...
—Bueno, si es así... pero, conste que yo no te pido nada.
El filósofo guardó la modesta alhaja.
—Y ahora—repuso Quilito con la voz un poco alterada,—dame la mano, Agapo, que quiero decirte adiós.
Le estrechó la diestra, nerviosamente, y Agapo notó que la mano del sobrino estaba helada, y al resplandor de la hoguera, que moría, su semblante demudado y la misma mirada de demente de ahora poco.
Se había puesto el joven de pie y se despedía, pero el filósofo, intranquilo, le retuvo, diciendo que iba a acompañarle...
—Iré detrás, si no quieres que vaya al lado...