Levantó la voz, gritando que aquello ya le aburría, que tales preguntas denotaban desconfianza, que ahí estaban las firmas de todos autorizando la venta de las propiedades, ejecutada de orden del juez; en suma, que si tenía tanto apuro en recibir su parte, la comunicaba que esto no podía ser, hasta que no se vendiera la casa en que vivían.
—¡También ésta!—exclamó Casilda.
—Pues la compra usted, si la tiene tanto apego.
—¡Es que no podré, porque no ha de dejarme usted lo suficiente!
Sí, se lo decía cara a cara, bien claro para que lo entendiera; ella no sabía jota de códigos ni de la práctica de tribunales: se daba por convencida de que había que vender todo, todo, aunque esto le parecía un despropósito que no podía mandar la ley, pero no de un modo irrisorio, a bajo precio; se daba por convencida que había mucho que pagar y era forzoso sacar el dinero de alguna parte, mas, ¿por qué se eternizaba un asunto tan sencillo? ¿qué deudas eran ésas? ¿qué cuentas eran ésas? Allí no había más cuentas que las del Gran Capitán y una persona sin conciencia, que quería enriquecerse a costa de los herederos.
—Esto no lo puedo yo tolerar—exclamó Bernardino, fuera de sí.
Gregoria se dirigió a su hermana, increpándola; Pablo Aquiles, que servía una taza de tisana a la enferma y no había querido hasta entonces tomar parte en la disputa, se vió precisado a intervenir, porque la cosa tomaba mal aspecto. Los improperios se cruzaban de parte a parte, y entre las voces enardecidas, oíase la de Casilda, que chillaba:
—¡Sí, señor, lo dicho, dicho!
Pilar se cubrió la cara con su pañuelo.
—¡Mala lengua!—decía Gregoria.