—¿Quién había de creer esto de usted?—exclamaba con dramático acento Esteven.

—Esto es una vergüenza—decía Pablo.

Y entonces, dominando el tumulto, se alzó de nuevo la voz de Casilda, para arrojar a la cara de su cuñado esta palabra:

—¡Ladrón!

Si a Pilar no se le ocurre desmayarse, se pegan.

—Hay que salir de aquí—gritó Bernardino, como un energúmeno.

—Ya debía haberlo usted hecho—contestó Casilda.

Gregoria, demudada, metiendo las manos por los ojos de la hermana, exclamó:

—¡Nos iremos, sí, y no hemos de vernos jamás, jamás y jamás!

A los pocos días, Esteven y su familia se mudaban; Casilda vió a su hermana guardar alhajas que habían pertenecido a su madre, cubiertos de plata y muchos objetos de uso de la familia y llevarse muebles, suficientes para llenar tres carros hasta el tope, pero no chistó. Desde el día de la disputa no se hablaban, mirándose entre ojos, como enemigas a muerte, y cuando salió Gregoria de la casa, la cabeza muy levantada, ni se despidió de ella ni de Pablo Aquiles, a quien llamaba mandria, echándole la culpa de todo.