El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a su grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientre de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas.
—¿Está Quilito?—preguntó Agapo tímidamente.
—Debe estar en su cuarto—contestó la señora.
¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacer y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le podía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigido la palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero él no entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.
—¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres y treinta y cinco!
Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metida entre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y pasos apagados en el patio: era el niño que entraba. ¡A las tres y treinta y cinco de la mañana!
—Si todos hacen lo mismo, señora—se atrevió a decir Agapo.
—Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo mismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visita en casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que se pongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra del cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le reprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo con vejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como don Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es un remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil ni descarriado.
—Más se consigue con el cariño, que con los azotes—dijo Agapo acordándose de los sopapos y tundas de su niñez.
—Pues éste no echará de menos los mimos...